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lunes, 21 de mayo de 2018

Va de yayos: Sofía -0-

Sofía es una adelantada a su época, ella aún podría conservar su carnet de conducir si no fuera porque según dice, la sociedad no está preparada para ver a una señora de ochenta y tantos con un ford clásico como esos de las películas americanas de polis y cacos.
Dice, que hoy por hoy, es más noticia que una mujer sea exitosa por sus conocimientos y sus propios méritos a que veintidós hombres cobren una millonada por correr detrás de un balón.
Y que ella, a pesar del tamaño de su coche, se sentiría como una pequeña hormiga en medio de un grupo de osos hormigueros con sus L en la luna trasera. Como si no hubiera escuchado nunca las mofas sexistas típicas de algún conductor varón.

Es una adelantada porque dejó el pueblo con diecinueve años, con una mano delante y otra detrás para ponerse a trabajar en una fábrica de cuñas y tacones rodeada de hombres.
Creció siendo una niña muy avispada, se preocupó por aprender a leer, escribir y a hacer cuentas lo que le daba una perspectiva real de lo difícil que sería caer bien.

Nunca se casó, pero vivió con una amiga especial durante tantos años que ni ella misma se recuerda sin su otra mitad a la que a veces llama, su costilla.

A Sofía le gusta hacer cuentas de cabeza porque apenas ve, como ella dice, ve menos que una noche de niebla a orillas del Ebro. Y le encantan los audiolibros que le trae su sobrina Laura. Escucha cada día las noticias en una radio mientras, con ayuda de un auxiliar, se asea y viste "como pa una boda", aunque no lleva bragas, ni sostén, que dice que demasiadas rozaduras le hicieron de joven.

-Jamía, ¿La camisa que llevo es azul o negra?
-Azul, no tienes ropa negra.
-Es verdad, que parece que vamos a un funeral.
-Pues eso.
-Han dicho en la radio que se avecina otra burbuja inmobiliaria.
- Eso parece. Los fondos buitre están acaparando el mercado.
-Y luego han dicho que por Rusia están persiguiendo gays.
-Es una barbaridad.
-La gente siempre pensó que mi costilla era una sobrina del pueblo. Ventajas de no tener un pasado. Y de la edad, claro.
-¿Cuántos años tenía menos que tú?
-Veinticinco.
-Hombre, eran años.
-Pero era tan guapa y madura la condenada... Y cocinaba bien.
-Además.
-Además.

Nunca se sabe cuándo habla desde el amor o desde el rencor que siente por la vida, o por la muerte, desde que »su costilla« murió en un accidente de tráfico.
No es justo decía a veces, teníamos tanto por hacer, tanto por vivir, me quedaron tantos te quiero por decirle, que maldita sea la vida que me mantiene atada a este sitio privándome de una eternidad con ella.

-¿Qué hay que hacer aquí para que le den a una la sopa con sal, sobornar al cocinero?
-No sé, quizás. Te vas a manchar.
-Tanto me da. ¡Ay jamía! En la vida, la mayoría de los buenos momentos pasan por ensuciarse, por mojarse o embarrarse.
Revolcarse en la hierba recién cortada, saltar los charcos, cocinar, pintar de lila el techo de la habitación, comer con los dedos, susurrar al oído un: no quiero vivir ni un sólo día sin ti debajo de una tormenta de verano...

A veces, no sabría decir si hablaba más la experiencia o el anhelo.

Se decía así misma y para los demás, que la edad era un invento del tiempo, como si así estuviésemos predestinados a vivir en base a los años que íbamos cumpliendo. Como si fuésemos esclavos de la niñez, la adolescencia, la vida adulta y la vejez. Como si columpiarse con cuarenta y tres, una noche de verano a las tres de la mañana no fuese más excitante que hacerlo con siete a la salida del colegio. Como si no pudiéramos sentir ese cosquilleo en el estómago al »volar« con setenta y cinco.
-Hombre, si te caes del columpio con setenta y cinco, hay más posibilidades de partirte una cadera.
-Una vez me caí, me había pasado un poco con el anís, me rompí el dedo meñique.

Se reía porque sabía que tenía razón, porque, qué más daba llegar a viejo sin sentir nada más que el peso del paso de los años, de los recuerdos malditos y de las risas por vivir sobre la espalda.
Por eso, a veces, su sobrina Laura la llevaba a un parque con un columpio adaptado. Y la balanceaba y Sofía sentía ese cosquilleo en el estómago como cuando su costilla le retiraba el pelo de la cara en las mañanas. Y reía. Y le pedía que le empujase más fuerte, como si no hubiera un mañana y no estuviera luchando por no vomitar las croquetas de medio día. Y entonces paraba en seco y se atusaba el pelo.

Reír es de valientes, me dijo un día. Reír cuando todo te empuja a llorar. Cuando sabes que lo has vivido todo, y que lo has perdido todo o casi todo y resurges porque es lo que toca. Porque vivir es una aventura increíble, un sin fin de caminos por recorrer, aunque ya a mis años, reconoció, recorrer, recorro ya poco. 

-¿Eres feliz?
-El mayor tiempo, diría que sí. Bastante. 
-¿Y por qué traes el entrecejo arrugado? ¿En dónde tienes la cabeza?
-En un paseo al atardecer por la playa, con mis perros peleándose por un palo. En el último libro que leí y en la película que vi en el cine el otro día. No sé, lejos de aquí. Digamos que, estoy cansada. 
A veces, siento la imperiosa necesidad de salir corriendo, de pasar de largo la salida de la autovía y fugarme, no venir a trabajar, tener un día de locos, hacerme un »MariMar«. O quizás ir más allá, dejarlo todo de repente. Irme a vivir al monte, con las cabras. 
A veces, este trabajo agota. El sueldo, los descansos, los compañeros, las familias, las cargas y sus horarios. No sé, me agota sobretodo, el devenir de la vida... Pero es que otras veces, me dais la vida.
-¿Y qué te lo impide?
-¿El qué?
-Salir corriendo.

Si yo le contara qué me lo impide... Podría pasarme su historia, contando la mía.
Ella lo hubiera hecho, de eso estoy segura, ella hubiera cogido su ford y se hubiera ido al lugar más recóndito y hubiera gritado a los cuatro vientos esa necesidad de soltarlo todo, a la nada. Y el viento la recibiría inundándole de aire nuevo y al regresar lo hubiera hecho nueva, limpia de todo mal.

Sofía es una adelantada a su época porque nació libre, vivió libre y morirá libre. Porque desde el minuto uno luchó contra todo lo establecido, contra la dictadura, contra la censura y el machismo, y en definitiva, contra todo aquello que le borrase la sonrisa más de cinco minutos. 
Porque como dice, la vida es hoy y es todo aquello que puedas ser en este momento y una vida sin cosquillas en el estómago, no es vida.