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lunes, 30 de diciembre de 2013

Idoia: 1. Todas mis fobias

Nunca he llevado bien eso de hacerme la dura. De pequeña era la más bajita, con gafas, el pelo lacio, heredaba la ropa y el calzado de mis hermanas mayores y como la que me seguía en edad era ocho años mayor, siempre iba desfasada en lo que se refería a la moda. Las niñas se reían de mis faldas, de mis zapatos de charol usados, remachados con tapas, con las arrugas típicas del propio uso.

Un día, cogí una banqueta y me puse frente al espejo con las tijeras del pescado en la mano y empecé a trasquilarme todo el pelo, luego me eché a reir, reí hasta que mi madre llegó del trabajo, encontró el baño lleno de pelos y me dio la mayor paliza que me habían dado hasta entonces, tenía seis años.
Al día siguiente no fui al colegio, pasados tres días aparecí en clase con un ojo todavía morado y la mejilla como partida en dos mitades a consecuencia de uno de los golpes que me dio mi padre, llevaba un enorme sello en el dedo anular. Había pasado lo peor.

Mis hermanas se fueron yendo poco a poco de casa y yo aguanté las palizas del borracho de mi padre hasta que cumplí los nueve años. Mi madre se había largado con su camello hacía dos y se prostituía a cambio de su dósis diaria.
Un día llegué a casa tarde porque en el colegio habían organizado una fiesta de fin de curso y mi grupo actuaba en último lugar. Cuando llegué mi padre estaba completamente borracho y clamaba al cielo por un plato de comida caliente en la mesa, estaba demasiado ebrio como para subir las escaleras detrás de mí, me encerré en la habitación, cogí toda la ropa que pude y salté desde el segundo piso al patio de atrás. Corrí hasta llegar a una boca de metro, allí pasé dos meses mendigando aquí y allá hasta que Mariví, la profesora que había tenido hasta entonces en el cole, me sujetó la mano cuando iba a robarle a una señora que entraba al metro.

No hicieron falta palabras, me cogió de la mano y me llevó a su apartamento, me hizo de comer y dormí durante al menos catorce horas seguidas, me desperté y la encontré viendo la tele.
-¿Has dormido bien?
Asentí con la cabeza.
-Bien, tenemos cosas que hacer, pero antes, ¿Qué te parece si bajamos a tomar un chocolate con churros?

Todavía no sé cómo consiguió mi tutela, pero fue la mejor madre que pude haber imaginado cada noche cuando me iba a la cama.
Ahora tengo veintinueve años y, aunque llegar hasta aquí desde entonces ha sido relativamente fácil, todavía tengo algunos problemas para relacionarme. En el trabajo, me cuesta trabajar en equipo. Nunca he podido mantener una relación completa con un chico, aunque a veces bromeo culpando a Mariví y a su novia por ello.

Mis madres, procuraban no besarse, no tocarse, no mirarse demasiado tiempo a los ojos delante de mí hasta que con doce años les solté todo ese rollo de adolescente liberal.
-Mira tía, a mí me da igual si te acuestas o no con mamá, pero ¡Por dios! Deja de evitar mirarle como si quisieses comertela aquí mismo porque se te da de puta pena.
Rompimos a reir hasta que tuvimos que parar porque me dio un ataque de asma, nunca se me ha dado bien llorar o reir y respirar a la vez.

Se puede decir que soy una tía bastante normal para el asco de vida que llevé durante mis primeros nueve años. Trabajo como psicopedagoga en un colegio para niños con necesidades especiales y además, soy periodista en un periódico de tirada local. Vivo en una casa pequeña, en una ciudad pequeña, en una pequeña familia, mi mejor familia.

Llevo tres meses intentando seducir a una de las becarias del periódico, y creo que voy a despedir a mi psicoanalista y dejarme llevar. Se me da fatal esto de ser lesbiana, pero yo para hetero no valgo, fui a terapia durante años, mamá me llevó a la consulta del mejor psicólogo de la ciudad y no consiguieron que mi pene fobia desapareciese, y mira que en bachillerato me colgué del profesor de educación física pero luego es ver aquello y adios al encanto. No puedo, no, nunca he podido con... Eso.

Laura es morena, de Córdoba, ojos negros y grandes, pestañas infinitamente largas, nariz perfecta y esos labios que me invitan al deseo cada noche cuando trae los cafés con una sonrisa angelical y ese acento tan del sur.
-Buenas noches Idoia, con leche de soja, y un azucarillo para ti. ¿Qué tal tus peques hoy?
-Gracias guapa. Mis chicos bien, todos bien.
Ella vuelve a sonreir y a mí, literalmente se me caen las bragas y tengo que concentrarme en el monitor para no mirarle las piernas bajo su falda, corta, demasiado corta. Como la que llevaba mi madre biológica la última vez que le vi haciéndole una felación a un viejo verde en el asiento de un coche, colocada hasta el infinito y más allá de heroína.
Entonces se me pasaba todo, el calentón, el hambre, el sueño...

Estoy con la regla. Atacá perdía...
Con trece años tuve mi primera regla, recuerdo la vergüenza que me dio cuando mamá me llevó al médico y me hizo una breve pero intensa explicación de lo que podía ocurrir más pronto que tarde.
Odio tener la regla tanto como odié a cada una de mis hermanas cada vez que una se iba de casa con su respectivo novio. Creo que por eso siempre estoy de mal humor 'esos días'.
Mis madres estaban tan acostumbradas a mis idas de olla, que me llenaban la nevera de helado de chocolate, y nunca faltaba el chocolate, la crema de cacao y galletas. Siempre había montones de galletas en la despensa. Como trabajo tanto, tienen llave de mi casa y cuando se aproximan 'esos días' encuentro el congelador atiborrado de helado de chocolate y los armarios repletos de galletas y crema de cacao de dos sabores.

He quedado con Laura para tomarnos la última en su casa, vive cerca de la redacción y yo necesito olvidarme de aquel escabroso recuerdo.
Al entrar, me he encontrado con un recibidor acogedor, ella me invita a quitarme los tacones mientras saca un vino espumoso dulzón y algo de música a un volúmen que hace posible mantener una conversación.
Me noto medio borracha cuando al ir buscando el baño acabo abriendo la puerta de su habitación enontrandome de bruces con un enorme cuadro en el que se intuían las figuras de dos mujeres presidiendolo todo.
-¿Pero dónde vas Idoia?-dijo entre risas- Que te he dicho a la segunda puerta a la derecha, no la tercera.
-Hostia tía, voy un poco perjudicada o ¿Eso son dos tías dándose el lote?
-Vas un poco perjudicada y eso son dos tías dándose el lote. Lo pinté hace tres años, ¿Te gusta?
Algo dentro de mi cabeza hace explotar una sensación de vértigo entre mis piernas y con una sonrisa entre embobada y pícara asentiento abriendo más los ojos. Parece como si de repente, todo el alcohol de mi cuerpo se hubiese evaporado. Es lesbiana, fijo, ese cuadro y su respuesta provocativa no deja lugar a dudas.
-Tengo más, pero para verlos tendrás que ir al baño.
Y voy, vaya que si voy, el baño era casi más grande que toda mi casa junta, lleno de cuadros del mismo estilo y poco a poco siento más ganas de hacermelo con ella allí mismo. A través del espejo veo como Laura se acerca por detrás, mordiendose el labio y me retira el pelo del cuello para darme un mordisco, ansioso pero comedido. No aguanto más, me giro y la beso. Ella coge mi cara con ambas manos, con una delicadeza extrema y me dice algo así como que quería estar segura de que yo también quería lo mismo.

Esa misma noche perdí todas mis fobias.

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