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miércoles, 1 de enero de 2014

Idoia: 2 La cita

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La primera vez que invité a Laura a cenar fue un desastre. Habían pasado dos meses desde aquella primera toma de contacto y era la primera vez en todo ese tiempo que nos veíamos fuera del trabajo, que dicho sea de paso, era como no vernos, procurábamos no hacer sospechar a nadie de 'lo nuestro' para evitar preguntas que no sabíamos si queríamos responder. Nos mirábamos a escondidas en el ascensor, y nos robábamos algún beso furtivo en el baño, nada más.

-Idoia -me dijo mirando a nuestro alrededor- creo que no voy a poder cenar mucho de lo que hay en la carta -confirmó señalandola, un costillar reluciente por la salsa de miel presagiaba un menú muy propio del asador donde la llevé-.
-Uhm, ¿Y eso? Mira, si hay un montón de comida, chuletas, hamburguesas de ternera, mixtas, de pavo, de pollo, con queso, tapas de tortilla de morcilla... La costilla de cerdo a la brasa con una gran variedad de salsas está muy muy rica.
-Es que, soy vegana.
-¿Cómo vegana? ¿Qué es eso? Habla en español por favor - dije entre avergonzada y llena de curiosidad-.
-Pues a ver, lo primero es que no como carne.
-Ah pues espera, que creo que tienen como unos nuggets de atún o merluza.
-No, es que tampoco como pescado, ni lácteos, ni huevos, ni miel.
Yo no sabía dónde meterme, tenía unas ganas tremendas de meterme entre pecho y espalda una buena costilla, ese día los niños me habían saturado y para despejarme lo había dado todo en el gimnasio.
-Pues... Coge tu bolso.
-Pero...
-Coge tu bolso, nos vamos.
Salimos sin pagar las bebidas mientras yo me ahogaba en mi propia vergüenza.
-Idoia, espera, no corras.
Cuando una situación me superaba simplemente andaba deprisa, sin importarme nada más.
-Idoia, ¡Idoia!
-Oh dios, perdona -dije casi sin saber qué hacer, ni a dónde ir. Frené en seco-.
-Tranquila, ven.
Me cogió de la mano y me miró de esa forma que sólo miran los enamorados, con una chispa en las ojos, y una sonrisa comedida, a medio camino de la carcajada. ¿He mencionado los ojos grandes y negros, capaces de hipnotizar al león más fiero? Me miró mientras yo me quedaba embobada entre el espacio que dejaban sus labios y ella comenzó a reir.
-Tía, parecía que llevabas un petardo en el culo... Cualquiera diría que has estado casi dos horas en el gimnasio...
Rompí a reir con ella, mientras el semáforo cambiaba varias veces del verde al rojo detrás de nosotras y la gente nos empujaba con fuerza de una inercia peatonal en una ciudad en rebajas.
-Lo siento -dije entre risas- Es que no tenía ni idea de nada, vegana, ¿Pero cómo no me dices que eres vegana?
-Te lo dije, varias veces, cuando me preguntaste por qué no comía los bizcochitos del café. Mientras absorvías el tuyo cual esponja y escribías tus artículos.
-¿En serio? Yo qué sé, pensaba que era un tipo de religión o algo así...

Nunca se me ha dado bien hacerme la dura, eso ya lo dije, y es que, en ese momento caí rendida a sus pies omitiendo el gruñido de mi estómago que pedía sus ansiadas costillas.
Acabamos en un kebab y por primera vez en mi vida comí un falafel. Fue la peor cita de mi vida, y el mejor momento para empezar a ser consecuente. Cuando llegué a casa reuní cualquier producto de origen animal que pudiese haber en la nevera, dejé el queso, el chocolate y un cartón de huevos.

Cuando tenía cuatro años, mi hermana mayor, me regaló una muñeca de trapo, los ojos eran dos botones negros, y tenía cosida a mano una enorme sonrisa. El pelo le llegaba hasta los pies, de lana, negro. Y llevaba una camiseta en la que se podía leer: Buscame cuando estés sola, claro que por entonces yo ni leía ni sabía que esa frase pudise tener tanto significado en mi vida.
Cuando estuve sola y los golpes de mi padre o los gritos de mi madre me dejaban bloqueada en una esquina de mi habitación con los pantalones mojados encima de un charco de pis y dos ríos de lagrimas silenciosas recorrían mis mejillas, no la busqué, pues entonces, y ahora, tenía la certeza de que ella no me buscaba cuando sabía que estaba sola.
No la busqué cuando me fui de casa, ni cuando mi padre quiso sobrepasarse conmigo cuando tenía siete. Ni tampoco la busqué cuando todos y cada uno de los pilares que podría tener una niña de esa edad se habían derrumbado a mi alrededor, no tenía padres, no tenía hermanas, no tenía amigas, no tenía nada, estaba sola a pesar de que en casa siempre había alguien.

Nunca supe si fui un error, un imprevisto que nadie quería, nunca supe si ellas también pasaron ese calvario, y después de todo, tampoco he querido preocuparme por ello.
Crecí en casa de Mariví, fui feliz, soy feliz. Poco a poco he ido olvidando algunos detalles de los primeros nueve años de mi vida. Aunque otros, todavía me visitan entre pesadillas. Mojé la cama hasta los catorce años.

-¿Mamá? Os veo en una hora, tengo que contaros.
Necesito que me guien un poco. Desde que despedí a mi psicoanalista no le cuento a nadie mis inquietudes. Recorro la avenida donde crecí paseando, como quien pasea sin ganas, con la mirada perdida, mordiendome el labio, buscando qué diré y qué me guardaré, y cómo me expresaré, hasta dónde desnudar mi alma.
Siempre he tenido una gran confianza con Mariví pues aunque para mí es como si fuese mi madre, en el fondo sé que no lo es, y me siento como si hablase con una amiga que de antemano tengo la certeza de que diga lo que diga no me va a doler.
Timbro aunque llevo llaves en la mano y espero a que respondan para entrar. Subo por las escaleras a pesar de que es un sexto con ascensor. La puerta está abierta y paso.
-¡Estoy en la cocina!
-Hola -le doy un beso y pongo especial énfasis en el abrazo agarrándome fuerte como cuando era una niña.- Uuuhhhm te he echado de menos gordi.
-Olga ha bajado a por helado.
-Lo estoy dejando, no creas.
-¿Lo estás dejando? No me lo puedo creer, he preparado algo de picoteo. -Dijo sin esperar respuesta-.
-¿Jamón? También lo he dejado.
-Sí, claro, ahora querrás decir que eres vegetariana y que te prepare una ensalada verde.
-Más o menos, ensalada estaría bien. ¿Tienes?
-Me tomas el pelo.
-Laura es vegana.
-¿De qué tipo de secta estamos hablando?
-¡Mamáááá! La verdad es que yo pensé lo mismo. Así a groso modo, no come nada de origen animal.
-Y tú, lo estás dejando...
-Lo he dejado, sólo me tienta el queso y el chocolate.
-¿He oído chocolate? -Dijo Olga dejando las bolsas en la encimera y corriendo para darme un achuchón-.
-La niña se nos ha hecho vegetariana.
-No, ni se te ocurra reirte mamá -Dije en un tono de niña ofendida- No lo hagas...
-¿Vegetariana? Y las barbacoas de ternasco, morcilla, longaniza, panceta nacen de la tierra.
-Lo he dejado, todo. Coge el vino, os cuento.

Y les conté todo, desde aquella noche en casa de Laura, que no llegó a nada más salvo una serie continuada de besos y miradas cómplices y sonrisas marcadas al rojo vivo que me dejaron más caliente que la pipa de un indio, hasta 'la cita'.

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