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miércoles, 12 de noviembre de 2014

Idoia: 6 Piruletas

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A mí el verano me agobia tanto como lo haría el invierno si viviese en Moscú. Yo no sé cómo esa gente puede vivir allí, si debe de hacer frío hasta en verano. A mí el verano me gusta, a veces, sólo porque los helados están tan a mano como la caña con limón, el tinto de verano o los refritos de los chiringuitos.
A mí me gusta sentir el frío en la cara, el viento meciéndome el pelo, haciéndome incluso llorar, ese frío de finales de otoño y principio de invierno soportable de abrigo, guantes y bufanda pero que no te impide caminar, correr o salir en bici. Ese frío con el que apetecen unas castañas o un chocolate con churros.
Pero no me gusta el invierno, siempre trae la lluvia cuando no ha de traerla. La lluvia es un fenómeno climatológico impertinente que siempre cae cuando más atareada estás, o cuando necesitas hacer miles de cosas.
A mí la lluvia me da pereza, si sales con paragüas, dejará de llover y si no lo coges te calarás hasta el más escondido centímetro de piel.

Como si en el cielo escuchasen mis divagaciones, está lloviendo a mares, llueve como si allá arriba alguien estuviese sintiendo el dolor que arrastra Mariví desde aquel día.
Me han despertado los truenos, que han hecho retumbar los cristales por encima del repiqueteo de las gotas cayendo sobre el tejado, a mi lado está ella, encogida cual bebé en el útero de su madre, me parece tan frágil como si hubiese envejecido de golpe 20 años y tuviese ante mí un espejismo de lo que fue.
Es curioso cómo el cuerpo tiene la capacidad de sobrevivir a las desgracias, es como si por dentro todos los mecanismos se activasen para soportar el vacío que se crea en nuestra alma.  Apenas sale de casa, yo creo que en la cama se ha grabado la silueta de su cuerpo. Su pelo se ha vuelto grisáceo de pronto. Ha perdido peso, y bajo sus ojos han aparecido dos surcos negruzcos bajo su tez pálida.
Cuando consigo que salga de la cama se sienta en el sofá rodeandose las piernas con los brazos en un rítmico vaivén con la mirada perdida. Todo le recuerda a Olga, todo, nos recuerda a Olga.

-Mamá, ¿Te apetece un chocolate caliente?
-...
No necesito nada más que mirarle dos segundos a los ojos para saber qué acaba de sentir, hasta qué dia ha viajado su mente. Me siento a su lado y rodeo sus manos con las mías, su tacto hace que un escalofrío me recorra la espalda, la miro y me mira. Sonríe con esa sonrisa amarga, cargada de pesar, tierna, como desamparada.

-¿Sabes qué, mamá? Esta mañana en el cole, Marta, de nueve años, me ha traido una piruleta en forma de corazón después del recreo.
Dijo que la vida es como una piruleta, la chupas, saboreando la fresa dulce pero ácida al mismo tiempo y con cada vez, la piruleta queda más fina, hasta que se rompe y un trozo, generalmente pequeño, se queda agarrado al palo mientras masticas el resto. -Hice una pausa para asegurarme de que me prestaba atención- Que ese trozo espera aferrado al palo un nuevo mordisco.
-¿Me estás queriendo decir que soy una piruleta?
-No, te estoy sugiriendo que te aferres al palo.
-¿No crees que ya es tarde para eso?
-Depende.
-¿De qué?
-De cómo quieras terminarte la piruleta.
-¿Me traes ese chocolate caliente?

Hace diez días que no me paso por la redacción y por muchos whatsapps que intercambie con Laura cada noche, lo echo de menos, echo de menos mirarla de soslayo cuando pasa por mi lado, el de la tinta, el calor que desprende mi ordenador cuando lleva horas encendido. Las escapadas al baño. Las prisas, las ansias, el hambre de vida que se mastica allí dentro.
No he dejado mi trabajo en la redacción, simplemente escribo mis artículos desde casa y los envío por mail para su publicación.

Son las 04:15h cuando escucho la cerradura abrirse y la puerta cerrarse con infinito cuidado, pisadas silenciosas que se acercan descalzas hasta el salón.
No puedo evitar que una lágrima resbale por mi mejilla mientras Laura me sostiene la cara entre sus manos, aún con guantes, y me besa con el cuidado de quien sabe que hay algo que te hace daño.
-¿Mejor?
-Mejor -admito sonriendo-
La luz está apagada, pero le veo quitarse el gorro, la bufanda y los guantes y salir aún con el abrigo puesto. Fuera debe de hacer un frío de miedo.
Vuelve en pijama y se mete debajo de mi manta mientras la abrazo tocándole el pelo.
-Te he echado de menos.
-Y yo a ti -se inclina hacia arriba para mirarme y repite- Y yo a ti.

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