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lunes, 24 de noviembre de 2014

Idoia: 7 Chocolate

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Nunca he tenido problemas con la comida aunque reconozco que sumerjo tanto mis penas como mis alegrías en chocolate, en chocolate o en cualquier producto hiper calórico y dulce que tenga a mano.
De pequeña me llenaba los bolsillos de chucherías y luego me sentaba a comermelas viendo los dibujos. Mariví solía ponerme límites, eso o se sentaba conmigo y acababa comiendo más que yo.
Luego tuve una época que me daba por las pipas con sal, hasta que no acababa con los labios rojos e hinchados no paraba. Me gustaba chupar la sal de fuera y con los dedos mojados en saliva, acababa con la que quedaba en el paquete. Pero siempre acababa comiendo después algo dulce. He sido y soy una glotona y no tengo remedio.
Siempre he sido de constitución delgada, aunque supongo que el ejercicio ayudaba a quemar tanto azúcar, de pequeña las clases extraescolares, el fútbol y el patinaje, casi aún siendo adolescente, me apunté al gimnasio, salgo a correr o en bici a menudo porque por mucha genética, el chocolate siempre acaba donde no debe de acabar.

¿Alguna vez has sentido la necesidad de arrasar con todo cuando haya en la nevera o en la despensa? ¿Sabes a lo que me refiero? Abres la nevera y miras lo que hay, pero es que en realidad no te apetece nada en concreto de lo que ves y acabas bebiendo, a morro, agua, leche, zumo, refresco, vamos, de lo primero que veas en el estante de la puerta.
Te lamentas porque la noche anterior, acabaste con las reservas de helado, chocolate, bollería industrial de esa con muchísimas grasas saturadas, azúcares y demás ingredientes que sabes se te van todos al culo o a las caderas, que no sé qué es peor. Después de revisar la despensa vuelves a la nevera, y te pones un colacao con galletas, chafaditas, para hacer una especie de papilla que te sabe a gloria.

El problema es que hoy no tenía ni leche, ni galletas, ni colacao... Y me he puesto la ropa encima del pijama buscando un chino que estuviese abierto y oye, será el karma, ni uno. Al final me he plantado en la redacción y casi me caigo del susto al verme en el espejo del ascensor. Despeinada, con ojeras, con la piel de los labios agrietada y la cara de un color blancuzco tirando a amarillento. Yo creo que mejor aspecto para una fiesta de Halloween no lo hay, si parecía un zombie.

-Te necesito.
-Ehm... Hola, ¿Qué...? -Laura titubea y no sé si es de sorpresa, de miedo o por ambas cosas-
Me he cruzado con varios compañeros que me han saludado como respetando mi espacio, pero yo sé que en realidad les acojona mi aspecto. Fijo.
Vamos al lavabo y allí, Laura me retira el pelo de la cara como sólo ella sabe, con una delicadeza y una ternura que casi duele.
-¿Qué haces aquí, preciosura?
-No había nada, nada de leche, ni dulce, nada...
-Vale, vale, ¿Y las llaves de mi casa?
-¿Precio qué? jajaja
-Pues eso, anda ven aquí - me atrae hasta ella cogiéndome por la cintura, abrazándome.- Si me das diez minutos vamos a casa, hay algo de helado y chocolate. Ponemos música, una peli o si lo prefieres nos quedamos acurrucadas debajo de la manta.
-Eres jodidamente adorable.

Terminamos de madrugada debajo de la manta escuchando a Vanesa Martín y comiendonos una fondue de chocolate blanco con un montón de fruta. Porque se sabe, el chocolate revive a los vivos como la carne a los zombies.

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