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lunes, 2 de marzo de 2015

Idoia: 10 Esageradamente feliz

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Con 11 años todavía tenía un amigo invisible, no porque tuviese ningún trauma infantil ni mucho menos, yo sabía perfectamente que no era real, simplemente imaginaba que mi habitación estaba llena de gente, de otros niños.
Tenía múltiples escenarios, estaba la escuela en donde yo era la maestra, una clase repleta de niños, algunos con problemas, otros muy listos y no faltaba el malote de clase.
También tenía la biblioteca, extendía mis cuentos y libros por la cama, tenía lectores que llegaban ávidos de encontrar el último éxito literario. Tenía un índice de los libros, estaban clasificados por temática y por orden alfabético y de colección.

Ahora, en mi estantería hay infinidad de libros de muchas temáticas y autores. Están los de histórica, tengo dos o tres entre mis grandes favoritos. Los de novela negra, pasando por narrativa cursi, terror, literatura Z o ciencia ficción.
Sin contar los propios de pedagogía, psicología y educación forman un total que ni yo misma sé calcular. Cualquier día se me cae el despacho abajo conmigo incluida.
Agradezco enormemente a quien le dio por inventar el libro electrónico aunque los devora libros siempre acabaremos comprando en papel, es la textura, el olor del papel tanto nuevo como antiguo, el pasar la mano por la portada, recrearse viendo el volúmen de la novela que tienes entre las manos. Eso es gloria.

Laura también es una lectora empedernida, tiene libros y cómics apilados por todos lados. Su piso es el paraíso de cualquier lector. Lee hasta poesía y teatro

Siempre que vamos a un centro comercial se para en la sección de librería y siempre, acaba encontrando algo que llevarse a casa.
Por no hablar de la ruta de librerías de segunda mano, antiguas y de ocasión que nos pegamos de vez en cuando. Encuentra verdaderas gangas.

-¡Idoia mira éste! -Dice desde el otro lado de la tienda- ¡Corre ven!
-Laura, no cabemos, en tu salón no cabemos, en tu habitación... -Me callo ante su mirada cual niña suplicando un helado y su sonrisa maléfica- No te aguanto.

En su habitación, la verdad sea dicha, en el único lugar en donde tenemos que caber es en su cama y afortunadamente, la cama es para perderse en ella y con ella.
Me suena el móvil y me escabullo hasta la calle, es mi madre.
-Cariño, ¿Llegáis ya?
-El caso es que estábamos llegando pero...
-Pero os habéis parado en la librería que hace esquina, como si lo viera.
-Justo esa.
-No tardéis anda.
-Tranquila, ya sale Laura, un beso. Te quiero.

Cuelgo al tiempo que veo a Laura con una bolsa y la sonrisa de no haber roto nunca un plato.
-¿Mariví?
-Marivi...
-Corre, no quiero hacerla esperar.
-Ahora corre...

Mi cara de resignación a la par que de satisfacción por mi buen ojo a la hora de elegir pareja. Es guapa, sana, se cuida, sabe cuidarme, le gusta la música, el cine, el teatro y además, lee. Y me lee.

Cuando llegamos a casa de mi madre, nos espera escuchando música a un nivel bajito para lo que siempre ha sido ella, en la cocina, ultimando los detalles. Llego a tiempo de ver cómo guarda una copa en el armario.
-Hola mami.
-Anda que ya os vale, son más de las 15:00h.
-Culpa mía -Laura se acerca quitándose el abrigo, después de los dos besos de rigor y un abrazo- Perdón -Alarga la última O- Pero mira qué joya acabo de conseguirte.

La tiene ganada, con razón salía tan contenta de la tienda, le ha conseguido la primera edición en francés de Los Miserables de Víctor Hugo y seguro que le ha costado cuatro perras.

-Madre mía, ¿Esto es ...? ¿Es real esto?

Mariví está emocionada, se le nota, aunque nos mira a las dos casi con miedo a que sea una broma cruel.
Cuando comprueba que en efecto es la primera edición de la novela abraza a Laura como sólo una madre abraza mirandome, con los ojos a punto de desbordar un mar de lágrimas, sonríe y noto cómo le tiembla el labio inferior fruto de los nervios histéricos del momento.

Y ahí estaba yo, en la cocina, mirandolas a las dos, abrazadas, enamorada de la sonrisa de ambas y emocionandome como mamá.
No sé cuánto duró ese abrazo. No sé exactamente cuántas veces Mariví susurró gracias. Ni tampoco cómo ni cuándo se despegaron. Recuerdo que tenía tres copas en la mano y me dio por pedir un brindis. Así, como para romper el hechizo y volver a la realidad.

Mariví dice que Laura es la chispa que tanto necesitaba, esa sensación de juventud que tanto había anhelado siempre. Ese punto y aparte que quería poner a mis cosas. Vida en definitiva.

No sé, me gusta estar así, ser feliz, me gusta Laura para mí. Es terriblemente perfecta. Encaja totalmente en mi vida, en mis rutinas. Va tres pasos por delante y me encanta esta forma de tenernos y podernos despegar en cualquier momento.
No hay preguntas si una sale con alguien, si se queda tarde en el trabajo o le surje un plan. No hay malas caras por llegar tarde a una cena, o llegar de madrugada a casa. Tampoco si no nos vemos todos los días o hablamos a cada hora.

Mariví era de Olga, como Olga era de Mariví, pero solían estar un poco cada una por su lado. Me he criado con esa especie de estructura de pareja, de familia, y he tenido una suerte tremenda de que Laura sea también un poco así.

-Mamá, ¿La echas de menos?
-Mucho, el otro día os veía a ti y a Laura y era como recordar el principio de nuestra relación, en la facultad. Cuando Olga me miró al entrar a clase por primera vez y me enamoré sin más.
Luego coincidimos en la cafetería y se sentó en mi mesa y empezamos a hablar.
-¿Siempre fuisteis así?
-¿Así cómo?
-Así, juntas pero separadas. Independientes, no sé, como nosotras.
-Siempre.

La miré embobada imaginandome un futuro junto a Laura, planes, viajes, noches a la luz de la luna, amaneceres de fresa y chocolate, toda una vida por vivir a su lado.

Comenta que aunque al principio la chica le pareció un poco rara con eso del veganismo, ahora no me imagina sin ella y ojalá tenga razón y como dice, sea la persona que necesitaba para ser completa y esageradamente feliz. Que según cuenta, es la única forma que existe de sentir el amor.
 -Idoia, ¿Sabes qué?
Salí de mi embobamiento y la invité con la mirada a seguir.
-Te veo bien, irradias felicidad y esa energía que tenías cuando empezaste el postgrado. Te siento esageradamente feliz.

Las frases de una madre van a misa. Eso se sabe, ha sido así toda la vida. Las madres siempre tienen razón.

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