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domingo, 22 de marzo de 2015

Idoia: 11 Derritiéndome de amor

 Anterior: Exageradamente feliz

¿Sabes esa sensación absurda de levantarte con resaca sin haber bebido la noche anterior? Esa en la que las cuerdas vocales parecen estar como entumecidas y la voz sale de tu boca ronca, pastosa y además sientes como si miles de alfileres se clavasen en tu garganta.
Por no hablar del dolor de cabeza, la fotofobia repentina e inexplicable que te hace cerrar los ojos y correr medio a ciegas a bajar todas las persianas de la casa. ¿Y qué me dices del pidido en los oídos?
La situación consigue mejorar con el primer café de la mañana, aunque no sabes muy bien si es porque la temperatura del mismo te ha abrasado la lengua, el paladar y la campanilla, además de acerarte los dientes por el resto de la mañana.

La gracia viene cuando tu novia atraviesa la puerta de casa sonriente, con la camiseta empapada en sudor y hablando deprisa, como si se hubiese tomado un tripi, y fuerte, que en realidad no es que hable fuerte.
-¡Buenos días! ¿Qué tal has amanecido? Vengo de correr 25km, además he pasado por casa de Mariví, y hemos quedado para comer aquí.-Se agacha para darme un beso fugaz-
Que en tu cabeza suena algo así: vengodecorrerveinticincokilómetrosquedadoparacomer. Y mientras procesas toda la información, café en mano, ojos entrecerrados, soplando a la taza después de que el primer trago te quemase viva por dentro...
-No grites, ¿Por qué gritas?
-No grito...
-Que... ¿Qué decías?
-Que hemos quedado para comer con tu madre.
-Esto... ¿A qué hora te has levantado? ¿Qué hora es? ¿A qué hora hemos quedado? -Trato de centrarme poniendo todas mis intenciones en procesar cada palabra.-
-Me he levantado a las 6:15h, son las 10:25h y tu madre vendrá a eso de las 15:00h.
-Voy a darme una ducha a ver si me despejo. Me va a estallar la cabeza, me encuentro fatal, ¿Qué hicimos anoche?

No conseguí averiguar qué narices hicimos aquella noche porque Laura no me quiso contar, no sé exactamente si por tomarme el pelo o porque, como yo, no recordaba absolutamente nada.
Yo perdí la cuenta de la hora, con la segunda tanda de fruta y fondue. En el baño, cuando me quité la ropa, me vi pegotes de chocolate por el pelo, en el hombro y en la pierna.

Mariví llegó puntual, no como nosotras cuando vamos a su casa, pasamos una tarde en familia en la que eché muchísimo de menos a Olga, sus conversaciones trascendentales, su mirada, su sonrisa, y esa forma irónica que tenía siempre de contar sus propias experiencias pasadas.
Puedo recordar el brillo de sus ojos al sonreir, tan dulce y bella siempre, con la delicadeza cínica y sutil de quién sabe que ya lo ha cumplido todo en la vida aunque nos la arrebatasen pronto y aunque tuviera aún mil y una experiencias por vivir con mamá.

Olga no vería cómo, con el tiempo, Laura y yo nos convertíamos en eso que ella llamaba amor independiente.
Tampoco vería la segunda edición de mi novela y se perdería ese momento en el que, en que le dije a Mariví:
-Mamá, vas a ser abuela.

Yo siempre había soñado con ser madre, pero no una madre cualquiera, yo quería ser una súper mamá, de esas que tienen tiempo para todo, de las que se levantan temprano para preparar el desayuno, y después de dejar a su hijos en el cole se van a trabajar, y vuelven a casa a tiempo de hacer los deberes con ellos, y aún sacan tiempo para jugar y leerles algún cuento, alguna historia.
De esas que se ven todas las películas de dibujos animados con sus hijos, tirada en la alfombra del salón comiendo palomitas o chucherías con ellos.
De las que van a los partidos de fútbol y animan desde la grada como si se le fuera la vida en ello. De esas madres que después sacan tiempo los fines de semana para echar unas cervecitas en el bar de la esquina con su pareja. De esas...


-Cariño, ¿Tú cómo te imaginas dentro de unos años?
-¿Yo? Pues no sé, aquí, contigo, felices, con niños.
-¿Con niños?
-Sí, ¿No te apetece?
-No me lo había planteado...
-Uy eso es que no...
-La verdad es que ahora que lo dices, estaría bien tener una mini Idoia correteando por aquí, gritando por todos lados, llenándolo todo con su risa.
-¿Una mini qué? De eso nada, será niño.

A mi madre casi le da un soponcio cuando se lo conté, aún no habíamos planeado nada pero yo ya tenía la firme idea de que seríamos madres de un niño y que nacería precioso, con sus lorcitas y todo, para que Laura le mordisquease flojito en la hora del baño haciéndole reir mientras yo miraba la escena derritiéndome de amor.

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