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domingo, 19 de febrero de 2017

Va de yayos: Eduvigis -0-

Hace poco conocí a Eduvigis, cinco minutos bastaron para rendirme a su encanto. Es una señora de 96 años, menuda, tiene el pelo cubierto de canas, los ojos azules y una mirada tierna que invita a abrazarla.

Me contó que no recuerda cuánto tiempo lleva en la residencia aunque tampoco le preocupaba demasiado porque, entre otras cosas, dice, que en su casa del pueblo, los inviernos eran muy fríos y los veranos se achicharraba y aquí, se está mucho bien. Las comidas a mesa puesta, sin cocinar ni lavar los platos y que la siesta le dejaba como nueva.

Tiene 4 hijos que, afortunadamente, vienen a verla con regularidad y la llevan al parque de en frente a llenarse de vida. Dice que se desviven por ella  igual que lo hizo ella cuando eran pequeños. Que desde que su marido murió en la guerra, no le fue fácil criarlos ella sola, pero lo hizo y son chicos de bien, trabajadores y familiares.

Le gusta leer, cuenta que hasta hace poco cosía y hacía ganchillo, pero que sus manos no son lo que eran, sus dedos se han vuelto más torpes desde que tiene ese ligero tembleque que a veces le hace derramar la sopa. Cuando ocurre por cierto, maldice su suerte pues le encanta la sopa. El tembleque, no le impide sin embargo seguir haciendo algunas tareas manuales que le propone Rosa, la terapeuta ocupacional. La pasada navidad hizo varios personajes del Belén con rollos de papel higiénico, algodón y unas telas. A veces canta, otras se desplaza por el pasillo en su silla de ruedas, si le preguntas a dónde va te dirá que se aburre de verle la cara a José, su compañero de mesa. Le gusta pintar, pero odia esos mandalas y dibujos modernos para niños, ni que tuviera 5 años para pintar a la Frozen esa me dijo un día. Es muy concienzuda con los detalles y lo hace como si fuese un trabajo que hay que acabar más pronto que tarde. Un día vino su hijo Paco y le dijo con cierto enfado y literalmente, ¡Es que tengo que acabar esto!

Aún conserva cierto pudor durante el aseo y vestido, cada día de ducha comenta lo mismo: ¡Ay mis teticas que ya no me sirven para nada! A veces, si el auxiliar es un chico joven aún se tapa avergonzada, menos con Julián, con él no. Julián la asea y le ayuda con el vestido, la maquilla, la peina como si hubiera salido de la peluquería y luego le dice al oído: Eduvigis, porque yo ya tengo una edad y ya no se me levanta que sino, ¡Ay si no! Y la hace reír a carcajadas y eso, eso es fantástico. La risa es medicina para el alma muchacha, la risa, debería recetarla un médico me dijo un día. Le encantan por cierto, las sesiones de risoterapia que organiza el departamento de terapia ocupacional del centro.

Eduvigis come sola, despacio, con la tranquilidad de alguien que, habiendo pasado necesidad, sabe que no le va a faltar la comida. Saboreándola. Eso a veces nos inquieta, sobretodo en las cenas. Tenemos que cumplir un horario y empezar a acostarles al menos 20 minutos antes de lo que solemos empezar. No hay tiempo.

El tiempo, me dijo un día, pasa demasiado deprisa para vosotros los jóvenes, siempre vais mirando el reloj como si cada vez que lo hicierais pudierais pararlo. Siento decirte pequeña que el tiempo vuela, que se te escapa entre los dedos mientras esperas cada día tu día de fiesta, cada semana tu fin de semana libre, y cada mes, tus vacaciones. A lo que te quieras dar cuenta estarás sentada en un sillón como éste, en un sitio parecido a éste contándole a una joven auxiliar algunos de tus recuerdos y ¿sabes qué? Entonces mirarás el reloj y contarás el tiempo que queda para la comida, el tiempo que queda para que entren las visitas e irte a la cama, pero cada vez que lo mires, sentirás que lo has parado. El tiempo pasa muy lento para nosotros los viejos. Vive ahora y vive bien, deja el reloj en tu bolsillo y despreocúpate un poco.

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