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martes, 13 de junio de 2017

Va de yayos: Don Alberto -0-

 
A Don Alberto siempre le había gustado la lluvia, un día mirando por la ventana cómo el cielo se cubría de nubarrones me dijo de pronto:
-Niña, ¿Sabes cuál es mi olor favorito? El de la lluvia.
-¿Y a qué huele la lluvia?-le pregunté-
-A vida. 
-¿Cómo huele la vida? -le dije al cabo de un rato-
-¿Que a qué huele? A miedo, a fantasías, a risas, a soledad, a asumir riesgos, a felicidad, a desilusiones, a tristeza, a viajes, a qué bien entraría ahora un tazón de caldo, a hogar... -se le escapó un pequeño suspiro- A hogar.

Don Alberto había sido padre de una familia humilde, trabajaban sus propios alimentos en su propia casa, cultivaban en su pequeño huerto verduras de temporada, tenían un par de tocinas y cuatro o cinco gallinas, a las que trataban como si fueran parte de su propia familia. 
-Hay que dar gracias por poder tener qué comer cada día. -Me dijo- En mi época comíamos lo que éramos capaces de producir, huevos, patatas, acelgas, zanahorias, cebollas, esas cosas... Criábamos algunos bichos, como si fueran parte de la familia, les dábamos gracias cada mañana al asearlos y darles de comer, tardaban al menos tres veces más en engordar que ahora pero establecíamos un vínculo mágico. Les agradecíamos que fueran a servirnos de alimento cuando llegase su hora, a nuestras cerdas, las cepillábamos cada mañana y los chavales recogían cada día los huevos de nuestras gallinas. Manteníamos el corral limpio, les procurábamos los cuidados que necesitasen porque les queríamos y porque un animal sano y cuidado, además, daba mejor carne. 

Don Alberto llegó un día a la residencia de la mano de Lourdes, que por cierto falleció de una neumonía muy fea dos años después. Eran la típica pareja de abuelitos de película, agarrados de la mano, irradiando amor el uno por el otro.

-Niña, ¿Tú te acuerdas de mi mujer?
-Claro.
-Por ella dejé yo mi carrera de medicina. Mi padre era el médico del pueblo y yo seguiría sus pasos, pero Lourdes se cruzó en mi camino una tarde de abril, en mitad de una tormenta de primavera y me enamoré perdidamente de ella. No parecía importarle que el agua estuviera arruinando su peinado y su vestido, nos sonreímos con pudor. Y en ese preciso instante descubrí a qué huele el amor.
-¿Y a qué huele?
-¿Pero acaso no te lo he explicado antes?
-Antes me has hablado de la vida.
-¿Y qué es la vida sin amor?

Me dejó tocada, pensando en si por casualidad había malgastado parte de mi vida en otros quehaceres mundanos y sin sentido. Como si me hubiera perdido un sin fin de olores. 
¿A qué huele la vida? Me pregunté mientras servía el café de la merienda. 

-Ésto ni es café ni es nada.
-Tienes razón.
-¿Acaso piensan en cocina que los viejos no tenemos sentido del gusto?
Solía salirme con ese tipo de comentarios porque, se sentía, como él decía, en confianza para ser él mismo. Yo le miraba con una sonrisa cómplice porque además, ésta vez, le tenía que dar la razón.
-¿Es que acaso no merecemos saborear un buen café? Cargado, con cuerpo, con aroma, con un terrón de azúcar, ¿Es mucho pedir que alguien le de a este pobre viejo un maldito buen café?
-¿Prefieres una fruta?
-¡Bah! Esas peras y manzanas no saben a nada.
-Tengo fresas -le dije arriesgando mi propia merienda-
-¿Desde cuándo compran fruta de temporada en este lugar? Se han vuelto todos locos. Niña, huye mientras puedas, las locuras de estos pobres viejos son contagiosas. ¡Sal corriendo y no vuelvas nunca por el amor de Dios! -Bramó de pronto eufórico- Pero antes, deja esas fresas aquí.

Y así fue como aquella tarde me quedé sin merienda.
Don Alberto precisaba de pocos cuidados higiénico sanitarios por parte del personal pero era de esos residentes a los que tenías que dedicarle cierto tiempo. Le gustaba hablar e incluso debatir, sobre política o economía. 
Solía decirme que hoy en día, nada tenía arreglo, que éramos una panda de imbéciles, unos ingratos que habíamos olvidado qué era lo que de verdad tenía importancia, exclavos del reloj y de la rutina.

-¿Y qué es eso que dices que merece realmente la pena?
-Las fresas del otro día, por ejemplo.
-¿La fruta de temporada?
-Todo aquello que sucede cuando tiene que suceder.
-¿Y crees que nos lo perdemos?
-Ay pequeña, ¡Pues claro! Estáis mirando siempre al futuro. En casa pensando en el trabajo y en el trabajo pensando en la hora de llegar a casa.
-Vivimos estresados.
-Vivís atontados. 

Su reflexión era cierta. Guardamos la mayoría de nosotros mismos para luego, es como recoger fresas y hacerlas mermelada para cuando no haya de temporada. Como si acaso no nos mereciésemos disfrutarlas en primavera. Como si estuviésemos condenados a no disfrutar de aquello que nos apetezca en cualquier momento esperando el buen momento para hacerlo, guardando energía, tiempo, ilusión, dinero, ect... exclusivamente para el mejor momento, perdiéndonos la pura esencia del mismo.
Inevitablemente, me acordé de Eduvigis, quizás ella sería una buena contrincante de debates, pensé que quizás era buena idea presentarles un día.

-¿Sabes qué huelen todas esas fotos que os empeñáis en hacer con esos trastos modernos?
-Dímelo tú...
-A querer y no poder, a querer capturar el tiempo, a querer conservar recuerdos. A nada, no huelen a nada. Perdéis el tiempo queriendo capturar el momento. 
-Pero nos servirá para recordarlo en un futuro, lo que vivimos y sentimos entonces y eso, no es una pérdida de tiempo.
-¿Estás segura?
-Eso creo.
-Yo creo que inevitablemente, se pierde parte de la misma esencia del momento.
-Pero redescubrir el momento en una fotografía también tiene una esencia, un olor distinto.

Le dejé un rato ahí y me fui a hacer otra cosa dándole tiempo para que pensase su respuesta, quizás había conseguido ganar ese debate. ¿Pero tenía razón? Nuestras charlas estaban haciéndome dudar de mis propias ideas.
-Yo tengo un diario.
-Es una buena opción, pero dudo que consigas describir cada detalle -le dije mientras limpiaba las mesas y sacaba láminas y pinturas-.
-Touché. 


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