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sábado, 17 de noviembre de 2018

Va de yayos: Jaime -0-

-De pequeña solía soñar con que podía volar. Merodeaba por el colegio, a la hora del recreo y cuando quería huir de ahí.
-¿Huir de qué?
-De los niños, del sistema, de esos pequeños problemas que te surgen cuando eres la más grande de clase y eres el punto de atención.
-Ah, eso, ¿Y no les arreaste un puntapié?
-Corrían más que yo, menos uno para los gordis.
-Pues yo te veo muy bien.
-Con el tiempo, esas cosas dejan de importarte.
-Yo me empecé a quedar calvo a los veintidós.
-¡Vaya! Pues no sé, yo creo que siempre me sentí un poco distinta.
-Ya...

A veces Jaime y yo teníamos ese tipo de conversaciones mientras jugábamos un dominó, no me preguntéis por qué o cómo surgían, pero digamos que me sentía bien hablando de mí con él. Parecía como si él fuese una especie de inspiración personal y por tanto, profesional.

Jaime además de calvo, mide metro noventa a sus setenta y muchos, tiene los ojos verdes y tres dientes que no le impiden, en absoluto, comerse un buen bocata de tortilla de patata con cebolla y mayonesa los domingos a media tarde, dice que es su único vicio y que, por mucho que luego le suba el azúcar lo va a seguir comiendo hasta que se muera, se atragante y se muera o algún tipo de »virus borra memoria« le haga olvidarse de su sabor, lo que suceda primero.

Virus borra memoria, por si aún había dudas, viene a ser Alzheimer o algún tipo de demencia.

-En mi época no había eso de gordos y flacos. Entonces la gente estaba hermosa o escuchimizada.
-Los cánones de belleza cambian. Antes la Monroe era un pivonazo, ahora seguramente no.
-A mí ya me hubiera gustao que una mujer como esa me hincase el diente
-¡Nos ha jodido! Y a mí Jaime, y a mí...

Sonreía porque la realidad era otra y sí tuvo un affaire con una mujer como ésa.
De la cuál guarda un recuerdo tan limpio y puro que más que amor, podría decir que sintió verdadera admiración por ella.

-Háblame otra vez de Gloria, anda.
-Gloria era una mujer inteligente, libre, luchadora, empática, amiga, morena de enormes ojos negros, metro sesenta, y guapa como ninguna.
Pero a mí, lo que más me gustó siempre de ella fue ese don de empoderación y lucha continua para romper lo establecido.
-Y todo esto lo dices sin despeinarte.
-Y le gustaba el rock.
-¡Ojo!
-Leía novelas románticas y escribía sobre ética...
-¿Pero no era artista?
-Gloria fue todo aquello que quiso ser. Porque ella ya era.
-Jaime, de verdad, el verbo ser lo estudié en primaria, pero me temo que no estamos hablando de una clase de lengua...

Él soltaba las cosas así, como si no fuesen nada especial, como si todo de lo que hablaba se diese por sentado. ¿Qué era eso de que ella ya era?
Solía decir que la gente sueña con llegar a ser, con lo que quiere ser, y no se dan cuenta de que desde que nacen, ya lo son.

Jaime me parecía el típico abuelito que habla, enamorado como el primer día, de su media naranja tras media vida juntos, pero sin esto último.

-Puede que algún día te encuentres con Gloria.
-¿Te imaginas?
-Que os veis, estáis igual que hace treinta años pero un poco más arrugados y os reconocéis y volvéis a sentir ese pequeño relámpago recorriéndoos la espalda y la mariposa que habita en el estómago se pone a revolotear ahí dentro.
-Muchas películas ves tú.

Qué queréis que os diga, a mí, como guión final de película me encantaría.

-Ha habido un ingreso en el módulo uno.
-¿Y tú cómo lo sabes?
-La he visto entrar cuando salía a pasear. Se llama Emilia, tiene los ojos verdes y debe de medir metro cincuenta.
-Sí que te has fijao  bien señorito...
-Lo único que tenemos aquí, más que arrugas en la piel, y cicatrices en el alma, es tiempo...
-Cicatrices en el alma es muy profundo incluso viniendo de ti...
-Si yo te contara...

Me encantaría contaros qué se le pasaba por la cabeza, pero se quedó mudo, luego tuve que llevar al baño a otro residente y enseguida llegó mi compañero con la cena.
Cuando pasé por su habitación haciendo la ronda, dormía.
A veces, la mejor forma de combatir los pensamientos es en sueños.

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